Soy una mala madre, por lo menos para las tortugas, para algo más complicado el tiempo lo dirá. Pero resulta que hace unos años un noviecillo mío que tiene peceras con tortugas (enoooormes y las ama) decidió que sería bueno que yo también tuviera unas. Así que un buen día llegó a mi oficina pecera en mano, con 3 bichos nadando dentro. Estos bichos resultaron ser mis primeras tortuguitas llamadas Casiopea, Libertad y Leonor.

Libertad se murió rapidísimo de una infección fulminante. Lo cual me hizo pensar que si no era una especie de premonición o algo, digo “se me murió libertad”. Terrible. Más porque en esa época llevaba pocos meses de haberme mudado a vivir sola y estaba plenamente orgullosa de mi independencia (o autosuficiencia económica, digamos).

Casiopea duró mucho tiempo, se hizo grande, aguantó una mudanza. Y un buen día decidió salir a explorar el mundo, por mundo entendamos a parte de atrás del librero de mis papás, tardo una semana en salir del otro lado, polvosa y hambrienta. Y después de esa exploración dejó de salirse hasta unos meses después en los que se fue a dar la vuelta al mundo para ya no volver. Y por más que la busqué, nada. Juramos que se la había tragado uno de los perros, pero por más que les preguntábamos las perritas negaban haber tenido que ver (je, mi segundo de realismo mágico). Total que desapareció. Años después, como dos años después, me escribe mi papá al messenger (oh sip, asi somos de modernos) y me dice “Apareció Casiopea” y yo “¿viva?” y mi papá “claro que no, super muerta, ¿la quieres ver?” y yo “claro que no, wakala”. Je je je, pero si puse en mi messenger “apareció casiopea” y a todo incauto que preguntó lo mismo que yo le contesté “claro que no viva, ¿cómo se te ocurre?”

Pero el tema de este post es Leonor. Leonor era escapista desde chiquita. O sea, Casiopea se escapó ya bien grande cuando pasó de ser del tamaño de una moneda a alcanzar el bordecito de la pecera. Pero Leonor juntaba piedritas todo el día y para la noche ya tenía un montecito para escaparse. Lo juro. Y a veces lo lograba, pero como estaba yo en esa época al pendiente de ellas siempre la metía de nuevo a la pecera. Un buen día me fui de viaje y cuando regresé la encontramos en la sala de mi casa y aun sólo dios sabe como bajó las escaleras. Pero el caso es que después de esa semana de libertad, la verdadera, no la extincta hermana tortuga, la regresé a la pecera y se me puso gris. O sea, de verde pasó a gris. Y empezó a dejarse morir. Dejó de comer, dejó de nadar, dejó de juntar piedritas. Pero, chequen, el asunto con las tortugas es que son animales de sangre fría, asi que se tardan muchísimo tiempo en que el metabolismo se les apague por completo.

Asi que la pobre Leonor ahi estaba en medio de un lentísimo suicidio y yo diario checándola y viendo que seguía viva y viendo qué podía hacer para reanimarla, para ponerla más contenta, para que se dejara de suicidar. Y nada. Pero lo peor es que esto duró más de un mes, como 6 semanas, porque medio revivía poquito y como que caminaba y como que yo le veía chance, y luego, de regreso a la esquina a ponerse más gris. Un par de veces me animé a ya llevarla al flush, y que ¡abre los ojos! Obvio regresó volando a la pecera. Y ahí íbamos de nuevo, a ver qué podía hacer yo por que se mejorara, por verla un poco menos gris (que para mi significaba un poco más verde). Llegué a preguntarles a veterinarios, a leer en internet sobre tortugas. Nada, nomás me quedó esperar y verla morirse. Sabiendo, además, que ese era el destino inevitable, pero sin embargo, incapaz de apresurarlo o de cambiar el resultado final.

Un día se murió.

Hoy me acordé de esto porque me di cuenta que tuve una relación muy similar. Se empezó a suicidar. De verde se me puso gris, luego más gris, luego más gris, a más gris. Hice lo mismo que con mi tortuga, veterinarios, consejos, todo lo posible. Pero era demasiado tarde “hace demasiado tiempo que ya no es verde, tanto que ya no me acuerdo, tanto que dejó de valer la pena tratar de revivirla, tanto que mejor no intentes componer lo inevitable”. Creí que había abierto los ojos, pero estaba ya sin respirar, a gris, a gris, murió.

En fin

a.

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