¿POR QUÉ QUIERES AMARME?
¿Hay verdaderamente alguien que tiembla si
acaricia despacio mi frente o si esconde su pequeña mano en sus cabellos? ¿Hay
verdaderamente un rostro que enrojece cuando mi voz confiesa una involuntaria
ternura? ¿Hay acaso un pecho que suspira y se agita si le acerco o lo estrecho
con fuerza contra mi pecho, y unos labios que se vuelven cálidos y blandos si yo
los toco con mis labios?
Piensa, ¡piénsalo bien! No me contestes en
seguida. No me digas que todo es verdad y que yo no sueño, no tengas piedad de
mí. Que nadie tenga esa piedad de mí. No permito a nadie que me consuele. Mis
lágrimas son mías, son de mi propiedad, salen de mi
corazón, bajan de mis ojos. ¿Por qué esta pequeña mano me acaricia
lentamente para ser bañado por el llanto que es mío?
¿Es posible que alguien quiera arrebatarme una
parte de mi dolor? ¿Es posible que alguien me espere con impaciencia, con
ansiedad, observándome desde lejos con ojos claros, escuchando con la
respiración contenida mis pasos que se aproximan? ¿Es posible que mis palabras
más indiferentes sean recordadas: que una mirada mía pueda producir alegría; una
sonrisa mía, la promesa de la alegría; un gesto mío la certeza de la alegría?
No me contestes todavía. No me digas que todo eso
es posible, y que otras cosas, además, que no conozco son posibles. No podría
creerlo, ¡no quiero creerlo! Piensa, pues, ¡piénsalo bien! Se trataría de un
hecho tan maravilloso, tan increíble; tal vez nuevo, tal vez único. ¡Piensa
pues, por un momento, en lo que significaría si fuese cierto!
Otro ser—un ser distinto de mí, no conocido antes
por mí—vive solamente para mí, piensa con mi pensamiento, siente con mis
sentimientos, se atormenta con mis súplicas, goza con mis alegrías, acerca su
cuerpo a mi cuerpo, penetra en mi alma con su alma y me ofrece todo lo que posee
y todo lo que tendrá y todo lo que yo pueda darle.
¿Tú crees que eso puede ser verdad, aunque sea
por un momento? Yo recuerdo, sí, haber apoyado mi cabeza en su hombro, haber
estrechado juntas sus frágiles manos llenas de venas, haber besado varias veces
su boca y haber escuchado durante horas enteras la suavísima música de su
aliento; pero todo esto ¿qué demuestra? ¿Era verdaderamente yo mismo, en
persona, en aquellos momentos? Y ella, ¿quiso decir verdaderamente lo que yo
quise entender en la inconsciencia de la efímera felicidad?
No sonrías, no muevas la cabeza, no contestes ni
siquiera sí, te lo ruego. Tú sabes perfectamente que todo eso es una ligera tela
de imaginación tejida por las blancas manos del ocio.
¿Por qué debería ser cierta para mí una cosa tan
imposible? ¿Qué he hecho yo para tener el derecho de recibir en don una vida?
¿Qué soy sino un pobre poeta vergonzoso que esconde sus torturas, igual que una
mujer avara esconde sus collares? ¿Qué soy sino un trágico peregrino, orgulloso
de su gran capa, pero que no sabe encontrar su casa y su cama?
¿Acaso he realizado algo grande? ¿He dicho una
palabra que los hombres no hayan olvidado? ¿He hecho olvidar a los hombres una
sola de sus penas?
¡Si supieras cuánto me desprecio y qué
desesperado disgusto tengo por mi alma! Cuando los otros me creen soberbio,
orgulloso, satisfecho, yo estoy pensando en cómo hacer menos despreciable mi
vida, menos desagradable mi alma. De una sola cosa siento a veces soberbia: del
sincero y profundo desprecio que tengo por mí mismo.
¿Qué hay, pues, en mí que pueda hacerme amable?
¿Qué encuentras en mi alma insatisfecha y, sin embargo, vil que pueda darme el
derecho de hacer sufrir a tu alma? ¿Qué puede interesarte de mis alegrías
olvidadas, de mis sueños siempre derrotados, de mis voluntades impotentes, de
los recuerdos que yo mismo temo ver desaparecer?
No es posible, no, que alguien me ame. No quiero
que alguien viva para mí. No puedo amar y no quiero ser amado. Dejadme
tranquilo. Dejadme solo. No quiero sentir nada, no quiero ver a nadie. No sé qué
hacer con vuestras caras sentimentales y vuestras frases punteadas de suspiros.
¿No sabéis lo voluptuosa que es la voluntad voluntaria? ¡Qué dulzura en el alma
que ya no quiere esperar!
¿Todavía estás aquí? ¿No te había echado sin
mirarte? ¿Por qué me miras como si no quisieras ver otra cosa que mis ojos? ¿Por
qué tus cabellos son tan finos y por qué algunos mechones son casi rubios? No
abras la boca. No respires demasiado fuerte. Tu mano es dulce, lo sé. Tu mano es
fuerte, lo sé. Pero ¿por qué te aproximas tanto? ¿Por qué tu corazón se
estremece de repente? No me mires así, no me aprietes tan fuerte la mano. Bien
sabes que yo te amo y que no quiero amarte…
¡Pero, bésame pues! ¿No notas que ya no sé
resistir? No me digas que sí. ¡Bésame más! Bésame en los ojos. Ciérralos con tus
labios y que yo no vea nada, que no sepa nada, y solamente sienta tu corazón que
late—tu corazón apresurado, furioso, frenético–, tu pequeño corazón que late y
que late para mí.
Giovanni Papini
Narraciones—El Piloto Ciego
1959, Ediciones Aguilar, Madrid
One Response to “Vale la pena leerse, depresivos abstenerse”

Guuuuuuuuuaaaaaaauuuuuuuuu! uta ahora si que me dejaste…. esta cañon