Mi mamá me dice mucho que no pierdo la cabeza porque la tengo pegada al cuello. Cosa que es cierta, pero no es cierta. O sea, si la tengo pegada al cuello, pero también he tenido el tino de perderla. Más de una vez.
La verdad es que soy bien pinche despistada, digo, hace poco dejé las llaves de mi casa adentro de mi casa conmigo afuera de mi casa… O me pasa que compro algo en la cafetería y se me olvida recogerlo, tipo café y un panquecito. Me voy por mi café y se me olvida ir a la otra barra. O mando cosas a la impresora y se me olvida que las mandé y ahi se quedan, chidísimas para que todo mundo las manosée y lea (es impresora compartida por como 30 monigotes, y yo).
Odioso es cuando se me pierden los lentes porque, pues ¡no veo! Y buscarlos con visión borrosa es terrible y frustrante.
Hoy se me perdieron mis zapatos negros. Bueno, no sé si se perdieron hoy, pero hoy me di cuenta porque me los quería poner. Y, demonio, no tengo la más pálida idea de dónde pueden estar. Digo, vivo en un departamentito de 104 metros cuadrados. Y los busqué, hasta en la cocina. Atrás de los muebles, que son 2. Abajo de mi cama, en mi clóset, en el otro clóset. Luego me deseperé y pensé que a lo mejor en el coche, pero tampoco. En la oficina tampoco los dejé. No tengo ni idea dónde andan.
Mi papá siempre ha sido fiel creyente de Santa Maquilena, quien al parecer, entre sus muchas encomiendas está la de recibir solicitudes para que aparezca aquello que perdiste. Siempre y cuando lo hayas buscado bien y prometas rezarle padres nuestros y aves marías cuando aparezca. Eso con la combinación de mi mamá de voltear un vaso (creo que es para atraparla– a la Santa Maquilena– dentro para presionarla a que te encuentre tu objeto perdido). ¿Qué les puedo decir? En mi casa juran que funciona.
Mientras tanto, no he dejado de pensar en eso. A lo mejor fueron los gnomos azules, a lo mejor… chale. Si alguien sabe algo de ellos, avísenme por favor.
En fin
a.

Me dicen