La frase del título es una que uso mucho en una conferencia sobre emprendimiento. El punto donde viene al caso es cuando hablo de que muchas veces tus clientes van y compran algo que no precisamente aquello que tú crees que estás vendiendo. Y mi ejemplo son las cafeterías. ¿Quién va al café por el café? La mayoría, se los apuesto, va por la convivencia o, si vas solo, por el espacio. Así que a las cafeterías no les compras el café, per sé, sino que les “rentas el espacio que ocupas”, digamos. La bebida es un pretexto.
A mí hasta hace no mucho, el café ni me gustaba. Muy similar a las razones por las que no fumo, no tomar café era una decisión. Claro que entonces iba con mis amigos a estacionarnos a hablar de la vida, el amor y las angustias generalizadas de la adolescencia, y me salía mucho más caro tomar 3-4 lilmonadas que los 8 tristes pesos que se gastaban ellos por 6 horas o más rellenando y rellenando la misma tacita de café (ejem ejem, no teníamos mucho más que hacer, nos quedabamos hooooooras discutiendo, ergo que ahora yo sea buena generando argumentos, lo practiqué a morir en su momento).
Ahora que lo pienso, es muy raro que a mi no me gustara o que no lo consumiera de modo más habitual. En casa de mis papás el café es central a la vida diaria y a la convivencia familiar. Es más, para no irnos muy lejos, mis papás desde que me acuerdo tienen en su recámara una cafetera. Ahi junto a la televisión. Así lo primero que hacen cuando se levantan es preparar su café, y ni siquiera hay que ponerle esfuerzo a bajar a la cocina. Bueno, a menos que hubiera que bajar a resurtir el kit de preparación (azúcar o Nescafé– que me perdónará Nestlé pero no es café, je je) en cuyo caso mi papá tenía dos esclavas a su servicio, mi hermana y yo, que durante años nos tocó bajar a la cocina mientras mi papá se encargaba de hacer la complicadísima tarea de poner el agua a calentar.
Paréntesis para decirles que como así era en mi casa, yo creía que así era en todas las casas y me llevé muchas sorpresas cuando, llegando a casa de mis amigos y conocidos, no veía en los cuartos de sus papás las cafeteras junto a la tele. Para mí era tan esencial como tener tu clóset o el teléfono o incluso, la cama. Pobrecita e inocente pequeña era yo.
Ahora, claro que me gusta y lo disfruto. Rapidito de entré al clan del café, a estacionarnos con taza en mano y conversaciones interminables. Claro que si se lo preguntan en mi casa la cafetera está en la cocina, y se usa poco. Yo paso por mi café al Starbucks, por ejemplo, o bien, en la cafetería de donde trabajo, o bien, al final de la comida en algún restaurant. Pero el café, para quienes lo consumen diario, es más que una bebida, es un evento.
Cuando me fui a vivir a Europa, fue la primera vez que yo estaba lejos de mi familia, de mis amigos, de lo conocido y seguro. Y me acuerdo decirle a un amigo “¿qué hago si me siento sola o triste?” y él me dijo “salte a tomar un café e imagínate que estás con nosotros, hacer algo conocido cuando estás lejos te va a yudar a no sentirte mal”. Y lo hice, y en cierto nivel me funcionó. Esto de Europa me regresó a la mente esta semana porque visité un cafecito nuevo que me encantó, pero además su café latte (que es el que tomo, aunque me critiquen que no es más que un café con leche con mucho ego), me recordó a cuando viví allá, por su consistencia y su sabor. Me impresiona la velocidad con la que sabores, olores o texturas, me transportan a revivir recuerdos, agradezco que este haya sido uno tan placentero.
Además el café tiene ventajas, como por ejemplo, que ayuda a la sensación de concentración asociada con estar completamente despierto. De hecho, llaman al café la “droga legal” de mayor consumo. Aunque se ha comprobado que físicamente no es adictiva porque la cafeína abandona tu cuerpo muy rápido (uno de los efectos del café es que es diurético), la gente que lo consume habitualmente si se siente más débil o más lenta o menos despierta cuando no lo consume. Yo soy una de esas, a mi me tarda como dos semanas de no tomarlo para dejar de sentirme constantemente aletargada. Claro que no culpo únicamente al café por mi letargo, je je je. Pero, bueno, si es una de mis razones para consumirlo. Me gusta tener mi taza de café a la derecha de mi laptop cuando trabajo (y cuando no trabajo).
Es más, ahora hasta tazas colecciono (por si alguien quiere cooperar pa’ la colección) que es muy curioiso porque mi mejor amigo lo hace y yo regalándole tazas de mis viajes y eso empecé a comprar dos de cada una y me hice mi propia colección, pero esa es otra historia y será contada en otra ocasión, mientras me siento aquí frente a mi pantalla, genero la ilusión de compañía mientras tomo un cafecito…
Las imágenes que acompañan este post fueron robadas de flickr, hay muchas más de arte con la espuma, los invito a visitarlas aqui.
en fin
a.
P.S. ¡¡¡¡¡Feliz Primavera!!!!!
3 Responses to “¿quién va por café por el café?”

Dicen que la gente fan del cafe, es consecuentemente muy cachubis.
¿Será?
Me preocupa haber sustituido mis 2 expresos dobles cortados que me tomaba diariamente en el tec, por mis dos vasos de nestea diarios con mucho hielo.
Hola, mi nombre es FF. y bebo unas 10 tazas de café al dia…
La verdad es triste… hemos cambiado el café por la convivencia con café PORQUE EL CAFÉ QUE NOS VENDEN EN 99.9% DE LOS LUGARES ES UNA #$%&.
Lo es, lo es, y ahora es una #$%& bien cara
En fin