Hoy a la hora de la comida salió al tema esta anécdota que ahora les cuento a ustedes:
El mero día que cumplí 18 años bien emprendedora tomé mi primera decisión “de adulto”. Sin preguntarle a nadie (mis papás, se entiende) me fui con una amiga al centro comercial para que me hicieran un nuevo agujerito en la oreja. Como que se me hacía muy cool y muy rebelde eso de las chavas que tenían varios aretes en la oreja.
(paréntesis en lo que todos pensamos que esas épocas donde lo más shockeante eran chavas con varios aretes en la oreja, son parte del pasado lejano. Ok, continuamos).
Así que ahi iba yo instalada en rebelde, a llevar a cabo mi deseo, de usar mi dinero, para perforarme mi oreja y que xinguen su maye el mundo y aquellos que quieren controlar a la juventud.
Y llegué, escogí los aretitos y me senté bien feliz conmigo misma a que me tranformaran (je je je).
Ponen la pistola en mi lóbulo y aysumadre como dolió.
Dolióoooooooooooo.
Dolió mucho. Claro que también soy bien chillona, pero sentí como luego luego le dio fiebre a mi orejita y se inflamó y ya no se veía tan lindo como yo me imaginaba.
La señorita de la pistola de la tortura y mi amiga entre muertas de la risa y diciéndome que me aguantara y que me dejara de mover para que me pusieran el de la otra orejita. Y yo así de neeeeeeeeeeeeeel pero ni a patadas que me dejo.
Y no me dejé.
Y salimos de ahi a mi casa y en el camino de regreso venía pensando que para ser mi primera decisión de adulta fue una decisión muy pendeja y que seguramente ese era el tipo de cosas a las que se referían cuando decían que en el pecado está la penitencia.
El día de hoy ya no uso el segundo arete y creo que hasta cicatrizó la aventura, queda una marca chiquiiita chiquiita. Pero lección aprendida.
En fin.
a.

Me dicen