Ya vamos camino a la mitad del mes de enero, lo cual inevitablemente invita a decir “qué rápido pasan los días”, apenas hace dos semanas estábamos celebrando navidad, y ahora estamos a medio principio del año con todo mundo deshaciéndose de las sensaciones y emociones navideñas y regresando a las rutinas de pereza, que caracterizan la diferencia entre las fiestas decembrinas y el resto del año.
Pero hablemos de propósitos. Para mi, la palabra propósito es más similar a deseo que a intención. De hecho, creo que el mero hecho de nombrar a algo propósito es qutarle toda intención de llevarlo a cabo. Por eso este año quiero llevar a cabo planes, que me parece que tienen mucha más chance de llevarse a cabo, y que no excluyen que junto con mis uvitas yo haya formulado una pila de deseos.
Entonces, ¿Qué planes hay? Tengo dos principales que pueden contarse. El primero es dejar por un año Burger King y similares. Desde ayer me anda rondando en la cabeza meter a esa lista también las pizzas, pero no sé que comería en las madrugadas que hay que terminar un proyecto que tiene fecha de entrega mañana temprano y que como buena hija del Tec dejé hasta el último mero minuto.
El segundo es dejar el refresco, incluso el light. Especialmente las Coca Colas, pero excluyendo la soda porque es con lo que me gusta tomar mis limonadas. Aquí debería de haber un plan para dejar de paso el café de Starbucks y similares y mejor depositar esos $30 pesos casi diarios en un cochinito y ver si para fin de año junto para operarme los ojos. Pero eso tampoco se ha incluido al plan, veremos si para fin de enero ya está más estructurado.
Otro problema que tienen los propósitos es que son efímeros, muchas veces no sobreviven ni pasando enero. A diferencia de los planes que tienen dirección y energía propia.
Veamos a donde llego con los míos y les deseo éxito con los suyos.
a.
