De por si acepto que soy muy despistada, pero tres eventos que sucedieron entre ayer y hoy me han hecho confirmarlo, aunque me parece que esta semana me aturdí más por efecto de dormir menos de lo habitual (lo siento, no puedo decir “dormir poco”) y además por el exceso de chamba.

Dején nomás les cuento.

Ayer hice todo lo que tenía que hacer. Cosa maravillosa y excepcional porque últimamente de mi lista de cosas que hacer creo que hago entre el 50 y 75% y de ahi se van pasando al día de mañana, al día de mañana y al día de mañana. Pero me alcanzó el mañana porque la semana que sigue tengo miles de cosas importantes y, bueno, no puedo andar pendejeando como de costumbre.

El caso es que fui al banco, a la farmacia, a la tintorería, pasé por un café, pasé a otro banco, pasé al cajero (sip, tres bancos, que hueva ¿no?) y de ahí me subi a mi coche. Camino al coche venía buscando en mi bolsa las llaves y nada y nada y nada y que veo que la puerta del coche estaba abierta y que me subo y ahí estaban. Colgadas del switch de encendido, el coche con la puerta abierta y en el asiento del pasajero mi computadora (la del trabajo, porque la personal ya casi no la tengo en el coche).

No pasó nada, pero me fui regañándome todo el camino hacia una cita que tenía en Perisur.

Hoy pasé de nuevo al Starbucks y cuando ya me iba, el boleto del estacionamiento, busque y busque y nada y nada. Fui al coche, vacié la bolsa, caminé sobre mis pasos. Bueno, ya casi a punto de resignarme a la monserga que es reclamar un coche sin el boletito se me ocurrió que cuando entré al SB saqué de labasura un montón de papeles y porquerías que estaban en la puerta del coche. Y ahí, entre la basura, estaba el méndigo papelito. Lo saqué, pagué y me llevé el coche y me fui regañándome a mi misma camino a la Col. Roma, para recoger una computadora para llevarme a Santa Fé.

Venía ya más tranquila, soportando con mi iPod puesto el tráfico de “viernes de quincena” cuando llego a mi destino en la Col. Roma, y al dejar mi coche en un estacionamiento público, doblé cuidadosamente mis audífonos y me bajé del coche. Entregué las llaves al chavo del estacionamiento y me fui a recoger la computadora.

Regreso, me subo al coche, y cómo no, el iPod tirado ahí en el piso del lado del pasajero, pero eso sí, los audífonos listos, enredados y muy bien protegidos en mi bolsa.

Si les digo que se me va el avión.

Buen fin de semana!!

a.



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